El autor

Presentación de Michel Magnen

Algunas nociones, presentadas por el autor del ensayo filosófico Sentido y Distancia.

Infancia, juventud y primeros años de Michel Magnen

Me llamo Michel Magnen y nací el 6 de julio de 1948 en las inmediaciones de Ebolowa, en Camerún, en una época de levantamientos populares, en una misión protestante muy internacional, con una presencia suiza y estadounidense. Mis padres, llegados luego al Chad tras numerosas vicisitudes, pudieron, al nacer mi hermano menor, enviarme a estudiar a Francia con mi hermano mayor. Las fuerzas de la metrópoli, sostenidas por soldados, fueron obligadas a la descolonización, y mis padres, a su regreso al país, se instalaron primero, conforme a su plan, en el valle de Chevreuse, y luego en París. En un lugar y en otro he sido marcado por toda una serie de relaciones, de profesores notables y de camaradas, y daré algunos nombres a riesgo de deformarlos: Collet, Benech, Sarrailh, Regnault, Lavallard, Bloch, Azéma. Por mil determinismos dentro del tejido histórico, entré el primero en la Escuela Normal Superior de Saint-Cloud, en 1969, y proseguí así, casi absorbido por la turbulencia política de esa época, mis estudios para prepararme a ser profesor de filosofía. Constantemente opuesto al anti-determinismo que volvía a campear entonces, he proseguido igualmente, pero siempre ocasionalmente, mis investigaciones que se referían por una parte a las formas sociales y por otra parte a los textos con contenido en gran medida imaginario, fortalecido como me sentía en estos ámbitos por la dotación de mi educación, mis observaciones, mis lecturas, así como por los conocimientos adquiridos desde 1969 a través de los cursos y las conversaciones que me proporcionaba, individualmente o no, una multitud de conferenciantes, eruditos y hombres de acción. Más tarde, como profesor que debía impartir enseñanza, he tenido mucho menos tiempo libre y he restringido mis investigaciones únicamente a los textos imaginativos. Ninguna instancia me ha reprochado nunca mis orientaciones principales, surgidas por lo demás de corrientes de pensamiento ilustres y mantenidas desde hace muchísimo tiempo en la discusión filosófica. Se trata de la visión analítica de las cosas; del mecanicismo; del empirismo; del método de avance tras corrección de los errores puestos en práctica y luego conducentes al fracaso; del probabilismo; y del uso de la medida de los objetos. Por otra parte, el proyecto de realizar un día una obra según estas grandes líneas parece haber sido recibido con neutralidad — o simplemente pasado por alto — por las distintas administraciones. En este medio escolar las más de las veces favorable a la reflexión, también me he beneficiado de la cordial ayuda de muchos de mis colegas de las múltiples especialidades académicas, dispuestos la mayoría a responder generosamente a mis preguntas y, felizmente, capaces de hacerlo con conocimiento. El objetivo, que poco a poco se ha ido perfilando, ha sido analizar el mecanismo de la distancia entre las ideas en el seno de los textos imaginativos para poder determinar, por medios probados en el curso de pruebas prácticas, qué uniones entre significados separados por un espacio — en el escrito — o por un tiempo — en lo oral — tienen la verosimilitud más alta. El método analítico presenta sobre cualquier otro la ventaja de que, suponiendo que el todo de un objeto o de un discurso, sea concreto o abstracto, está compuesto por sus partes — que abarcan en su conjunto todas las relaciones entre dos o varias de ellas —, esto basta para excluir, para quien adquiere el conocimiento de los constituyentes, que tuviera que suponer cualquier complemento desconocido y misterioso. Reforzamos esta visión con el mecanicismo. Según esta concepción, la máquina, aunque sea una invención, ofrece sin embargo, con el esquema de su funcionamiento, la esencia del de todos los procesos a estudiar a fondo. Así, por ejemplo, la nube de cenizas provocada por una serie de erupciones volcánicas causa a su vez otro fenómeno: impide a una parte de los rayos solares que llegan a su zona alcanzar el suelo. A principios del siglo XX, se ha podido mostrar, en cuanto a las reacciones químicas, que tienen como base un mecanismo eléctrico de equilibrio entre cargas positivas y negativas. Desde entonces, se ha abierto para los eruditos el programa de la descripción de la química como rama de la micro-mecánica. En el curso de los dos últimos siglos, el conocimiento fino de algunos procesos orgánicos ha llevado a tratar de explicarlos como químicos. No hay pues más razón para ridiculizar un mecanicismo que sólo pudo tomar como punto de referencia el reloj de pesas o el reloj de muelle, y así resulta de la evolución histórica una filosofía a la vez completa y determinista del mundo. El paralelismo entre, por una parte, la deducción muy seguida que progresa de una proposición a otra — nunca A sin B; nunca B sin C; nunca C sin D; nunca D sin E… — y, por otra parte, la causalidad que salta muy a menudo de un hecho a otro — a causa b; b causa c; c causa d; d causa e… —, abre la idea de la formación del saber como espejo artificial de las apariencias más tenaces. La filosofía de esta formación es de una fuerza de convicción sin parangón en lo que afirman las demás filosofías, y de lejos. Ciertamente, ¡un efecto puede tener varias causas! Ciertamente, ¡una verdad puede tener varias consecuencias diferentes! Ciertamente, la constatación del efecto entraña la de la causa, como en «la proposición "está nevando en las condiciones terrestres ordinarias de presión atmosférica" no es nunca verdadera sin que también lo sea la proposición "hace cero grados o las temperaturas son cercanas a cero"». Las complicaciones asociadas no impiden en modo alguno que, determinando exactamente las circunstancias en las que aparecen los fenómenos, se llegue muchas veces a observar en el discurso sobre lo aparente, y en las huellas accesibles de lo real, los dos encadenamientos descritos hace un momento y el paralelismo entre ellos. En cuanto a la prolongación de estas concepciones, se admite que el espíritu, para todo lo que se le presenta, unifica de manera pasiva los elementos de lo experimentado que le han venido por una impresión muy vaga y alguna imagen mental. También se pueden hacer pruebas voluntariamente, ya sea para anotar a partir de qué elaborar una hipótesis de regularidad o de causa — sobre los fenómenos o lo que sucede en ellos —, ya sea para confirmar o invalidar una hipótesis. Estas actitudes pertenecen en particular al empirismo. La última colinda con el método de ensayo y error, que es el de la modificación progresiva de las hipótesis relativas a los hechos accesibles por las apariencias, según los éxitos obtenidos y los fracasos sufridos en las pruebas llevadas a cabo según estas mismas hipótesis hechas en primer lugar, en cada etapa de una investigación que apunta a un hecho supuesto — o apariencia tenaz. Tal procedimiento, aún más codificado, recibe en numerosas ciencias el nombre de «método experimental».

Intentaremos adaptar la visión del naturalista — y la de muchos otros eruditos del pasado o investigadores actuales — a las empresas de conocimiento llevadas sobre nuestro propio objeto de estudio. Esta contribución vendrá así a unirse a las concepciones analítica y mecanicista. Otra forma de ver las cosas nos parece mejorar aún esta síntesis de visiones convergentes, y se trata del probabilismo, debidamente refundido para tratar de las relaciones entre dos imágenes en los textos imaginativos, y ya presentado bajo el nombre de «Verisimilismo». El esfuerzo por tratar con el cálculo de probabilidades científico, en el marco estricto de la necesidad, hechos en muy gran número y de la misma naturaleza, desemboca en una medida de lo que se llamaba antes su posibilidad. La prolongación empírica de tal probabilismo por el Verisimilismo lleva a alimentar la ambición de hacer accesible técnicamente la verosimilitud de ciertas interpretaciones de los textos imaginativos o de diferentes partes de ellos. La ventaja de mantener, a un nivel más modesto que el de la demostración, la búsqueda de medidas de los fenómenos, es ofrecer una precisión sin la cual algunas discusiones no podrían concluir nunca. Aplicamos pues este medio en el marco estricto de nuestro ensayo, elaborando medidas de verosimilitud. Más ampliamente, la síntesis de las concepciones expuestas anteriormente abre una filosofía de la historia, en la medida en que la comprensión de los mecanismos físicos, químicos y biológicos, así como el uso de formalismos de origen cultural, da el medio de realizar máquinas que a su vez, directamente, por la observación, o indirectamente, por el cálculo automatizado, facilitan el análisis de los mecanismos primero estudiados sin ellas. Por último, al volvernos capaces del conocimiento de los procesos que se despliegan a nuestro alrededor — como las caídas de lluvia o de nieve —, de la comprensión de otros a los que pertenecemos, como aquel de la evolución de las especies, y de la captación de los que ocurren en nosotros, como la cicatrización de una herida, podemos actuar o influir sobre tales mecanismos con más fuerza que lo hacían nuestros antepasados.

Michel Magnen: 1990 — la comprensión filosófica del tiempo como cambio percibido intuitivamente

En los años 1990, ideas movidas en mí desde hacía muchísimo tiempo encontraron una formulación, y di a esta una primera entrega que desembocó, en el curso de los años siguientes, en una serie de otras. La noción básica viene de la comprensión del tiempo como cambio percibido intuitivamente. Un cambio se produce en el objeto, por ejemplo en el cielo, con la aparición del sol o el grado de luminosidad. El cambio se produce en el pensamiento, con la impaciencia o el aburrimiento. Se mezcla todo esto en la idea, objeto y sujeto, ya que un sujeto ve el objeto. El conjunto da entonces, fuera de todo análisis riguroso, una impresión confusa. Ahora bien, uno de los cambios posibles más importantes en cuanto a dos objetos o ideas es la llegada de un clima mental hecho de descuido, distracción y olvido a su respecto. Cuando se une una relación entre ideas, se les menciona conjuntamente. Si se las considera por separado, en cambio, se deja que se alejen las palabras que las designan, olvidando a medias la presencia de una o de otra. Sólo en 2014 comencé a estudiar provechosamente algo distinto del pensamiento claramente voluntario de un autor. La elaboración de las observaciones sucesivas hechas a este respecto constituirá próximamente el contenido de «Sentido y Distancia 8».

Observación fundamental sobre la distancia entre las palabras en los textos imaginativos

Ante un texto, propio o de otro, el medio para luchar contra el olvido es crear un recordatorio o constatar uno, como «hemos visto esto más arriba», o una repetición, o una rima — como aquella entre «pilares» y «palabras» en «Correspondencias». Pero, a falta de un enlace de este tipo, la deriva del pensamiento lleva al olvido o a la negligencia de las palabras anteriores, al nivel del pensamiento claramente voluntario. De ahí resulta que, en un texto imaginativo donde falta un recordatorio fijo, es poco verosímil que el autor haya unido fuertemente el sentido de dos palabras muy alejadas. Así, se puede extraer de esta observación filosófica que la medida de la distancia entre las palabras en una obra permite mostrar la inverosimilitud de ciertas interpretaciones que se han dado de ella. Basta con que el intérprete haya supuesto la unión muy fuerte, en la mente del autor, entre palabras muy alejadas del texto, para que el grado de verosimilitud del sentido propuesto sea pequeño. Es verdad que hay casos en los que el autor aleja mucho dos imágenes una de otra por temor a una censura, deseando sin embargo que el público sepa hacer la conexión, pero suponer comúnmente tal cosa expone a numerosos errores, ya que, en principio, se habla conjuntamente de las ideas que se quiere ver unidas.


Para contactar al autor: dirección de correo electrónico